LA VERGUENZA GENERACIONAL

Las mujeres de mi vida, las que me criaron siempre han tratado de cuadrarme bajo la premisa de “ser alguien en la vida”. “Ser alguien”, es decir nacer y ser de carne y hueso no basta, hay que confirmarlo con un estilo de vida que corrobore mi existencia.

Por mucho tiempo creí que el “ser alguien” me lo decían referido a tener un oficio/trabajo legal desde el cual no me faltara dinero para vivir. Un abogado, médico, arquitecto son alguien. Gente que estudia en la universidad o al menos estudia algo después de salir de cuarto medio. Eso era lo que mi tía y madre esperaban de mi, sin embargo, ellas no pertenecen a ese universo ¿entonces cómo se sentían consigo mismas? Y recuerdo -lo que ahora entiendo como un doloroso- “para que no seas como nosotras”.

También me inculcaron mucho pasar desapercibida, tener la vida “normal” como corresponde: mientras me prohibían tener piercings, tatuajes, pelo teñido de colores fantasías y ropa de alguna tribu urbana muy marcada, me preguntaban por pololos, se imaginaban que alguna vez viviría en pareja, obvio; tener como meta el sueño de la casa propia, auto para irme cómoda a mi trabajo de oficina. Trabajar en lo que estudié hasta que me muera. Mientras me decían esto,  y a sabiendas que ellas mismas no se mostraban hacia mi como un referente, su mantra era “hay que darle pa e’lante no más”.

¿por qué querían hacer de mi un humano tan invisible y operativo? ¿Quienes fueron ellas a mi edad? ¿Qué decisiones habían tomado? ¿Qué multipersonas fueron antes de sentirse definidas?

Supe grande que mi mamá antes de ser enfermera de cuicos terminales fue gendarme ¿Mi infantil/anciana madre que me llamaba compulsivamente al celular para que me abrigara estuvo trabajando con armas en la cárcel de mujeres? ¿Qué más hay? La primera casa donde vivimos achoclonadas con mi tía, prima, hermana y mamá era un ex prostíbulo y la abuela postiza que teníamos era trabajadora sexual. A quién le importaba su oficio cuando era quien nos quería y dejaba vivir en su casa. ¿Me dejarían a mi ser trabajadora sexual si ya conocían a una mujer buena y común y corriente que lo era? Ni cagando. Qué más, qué mas. La tía Maritza se lleva por 21 años de diferencia con su pareja, siempre le gustaron los viejos. Qué más, una tía canuta que quiero mucho y con quien discuto en las sobremesas abortó como 5 veces en sus treintaitantos y ahora no se acuerda. Qué más. Nunca nadie les ha pedido matrimonio, nunca han vivido con sus parejas inalcanzables, no estudiaron institucionalmente después de dejar a medias el colegio. Mi tía se fue de la casa siendo adolescente, mi mamá me tuvo menopausica. No siguieron ninguna convención en sus vidas más que ser madre. Mi tía corre por las calles en babydoll cuando se arranca el perro Simón. Lograron la casa propia haciendo trabajos esporádicos y pan no nos faltó.

Ahora creo que cuando me hablaban tanto de “ser alguien en la vida” no se trataba de estudiar algo para ganar dinero, lo del cartón universitario asegurando un futuro no se trataba de aprender una profesión. Es otra cosa, mal que mal, con menos estudios las personas de mi extensa familia materna han salido adelante económicamente. Creo que lo que ellas siempre quisieron es que yo viviera sin sentir vergüenza. En la práctica puede parecer lo mismo: estudia, gana dinero, ten pareja estable. Pero ahora puedo sentir desde donde lo dicen.

Ser distinto no es malo, a muchos nos encanta sabernos únicos en algún aspecto, pero cuando lo eres sin haberlo buscado genera vergüenza. Eres una víctima y no agente de tu propia vida. La vergüenza separa la realidad entre lo deseable y lo indeseable y te sienta en la vereda de lo segundo, donde están expuestos y vulnerables quienes no les quedó otra: estar emparejada por décadas con un hombre casado sin poder vivir fechas importantes con él, buscar trabajo explicando por qué llegaste hasta séptimo básico, no ser madre teniendo 42 años, quedar embarazada a los 42, no estar casada en una generación donde eso era un rechazo y no una opción propia, vivir en un burdel. Me inculcaron algo tradicional y alejado de sus propias vidas no porque creyeran que eso era una opción mejor para ser un humano merecedor, sino para no tener que luchar contra la corriente, para nunca sentirme excluída. Me estaban protegiendo de sentir vergüenza.

Sus aventuras les pareció más una desgracia que un viaje. Son víctimas de su época, una vida que separaba a hijos legítimos de ilegítimos, el aborto se asociaba con asesinato, te gritaban “cómprate un auto perico” antes de que fuera bacán irse al trabajo en bicicleta, eras cesante busquilla en vez de “freelance”, la romantización de la eterna amante resignada que llora pa’callao en vez de identificarse como dependiente emocional tratable, la época del dicho “los piojentos muertos de hambre”.

Según el psicoanálisis los modelos aprendidos en la infancia son los que se replican de adulta, independiente de si son modelos sanos o no. Aquí figuro repitiendo sus vidas. Estoy eligiendo no tener previsión de salud ni vacaciones pagadas a cambio de estos trabajitos raros que se me ocurren: en un mes saco fotos, cuento chistes, escribo para marcas, hice un logo y llego justita con las cuentas. También me apego a amores imposibles. Mi mamá no se depilaba las axilas no por feminista, sino porque creía que no tenía sentido hacerlo si no tenía pareja ni le alcanzaba el tiempo para tener vida social después del trabajo. Pero aún así me decía que le daba verguenza mis pelos, que no entendía “la esta del feminismo”, que me lavaba el cerebro. Misma forma: axila pelúa, distintos fondos. No se trata de lo correcto nunca, se trata de las vergüenzas. No sabía que lo mismo que ella vivía podía ser una elección, una decisión política. Sólo sabía de ser víctima, de vivir según “pa lo que le alcanzaba”.

Repito el patrón porque su inestabilidad fue mi constante. Sus formas las adquirí como mis formas. Las mujeres de mi vida buscan en sus descendientes el orgullo que les fue negada. Habría sido mas sabio o efectivo que me enseñaran a tener autoestima para evitar el mismo mal. Pero quién es una para reclamarles, mal que mal gracias a ellas que se esforzaron para que yo tuviera las necesidades básicas cubiertas puedo filosofar.

Las vergüenzas cambian conforme la sociedad se transforma. Ahora da lo mismo ser madre soltera o no, casarse o no, bautizar o no. La discusión de las formas corrrectas de ser están dándose en lo queer. En si un niño debe o no ser considerado transexual siendo menor de edad, también en si deben las parejas homosexuales adoptar, qué se yo. Ojalá a las personas involucradas no las hagan parecer víctimas de sus decisiones, ojalá nadie nunca apunte a otro con el dedo por tomar otro camino, para que sus descendientes en vez de escuchar una y otra vez que no sean como ellos, se sientan orgullosos de su historia.

La vergüenza es un mecanismo para adoctrinarte, para que no hagas ruido, para hacer que voluntariamente no quieras tomar otras opciones y quieras verte, ser, sentir como el resto, como “lo normal”, pero al final nos damos cuenta que la persona normal, ese modelo de ser no existe, por eso estamos todos tan cagaos y trancados, por eso nos cuesta querernos.

One Comment

  1. Coni

    Solte, qué bacán, pulenta, profunda, inteligente, emocionante, esclarecedora está esta entrada. Un día te escribiré un poema, una oda, alguna weá, pa agradecerte por tantas veces en que me he sentido comprendida por ti y has aportado con tus ideas a las mías, y por lo tanto, también a mis sentimientos. Tarea pa la casa sentarme a escribir sobre las mujeres que me criaron. Te mando un abrazo ❤

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