POR QUÉ ODIAMOS A LAS MUJERES BELLAS

By: Lula Almeyda: guionista, feminista y panelista Aló Solte
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Hace un tiempo la Solte subió una foto de ella junto a Daniella Chavez, modelo playboy de quien yo nunca había escuchado, y ocurrió lo que ya sabemos: un montón de mujeres furiosas le habría denunciado el post por apoyar públicamente a esta chica que ellas consideraban una “puta” y le cerraron la página. No resultó tan mal, teniendo en cuenta que eso le valió una portada de LUN, y la creación de su página web personal, donde hoy podemos leer contenidos sin censura.

Pero profundicemos en lo que ocurrió en ese pequeño lugar dentro del universo de internet. Las mujeres se enojaron, pero ¿por qué?
Siempre he tenido la teoría -no muy popular entre mis amigos hombres cis hetero- de que la infidelidad masculina heterosexual es una forma de violencia machista. No todas las infidelidades, por supuesto. Hay casos que se sustentan por sí solos: si un hombre emparejado conoce a otra mujer por quien se siente atraído más allá de lo normal y terminan teniendo algo, a pesar de los obstáculos y consciente de que está traicionando su compromiso, hasta que finalmente o termina la aventura o termina con la pareja, podríamos estar hablando de algo sincero e inevitable. No me estoy refiriendo a esa, u otras infidelidades complejas, estoy refiriéndome a la infidelidad como “deporte”.

Históricamente, las mujeres estuvimos relegadas a las tareas domésticas, como limpiar la casa, cocinar y cuidar a los hijos, además de encargarnos de mantener una eficiente vida social como representante oficial de la familia en ese aspecto, aunque siempre confinada al espacio del hogar y de las mujeres. Nada de salir por ahí con amigos, de fiesta o si quiera a trabajar. Eso pertenecía al mundo masculino. Imagínense cómo deben haber sido esos matrimonios, si la mujer estaba todo el día en casa ocupada de cosas mundanas y aburridas, y el hombre por otro lado trabajando fuera, saliendo con sus compañeros de trabajo y amigos, yéndose de tragos y putas, y con muy probablemente al menos una pololita por el lado. El tipo llega a la casa, maletín o lonchera en mano, se sientan a comer a la mesa. De qué conversaban esas parejas antes de acostarse, me pregunto. Qué vida de mierda debe haber sido esa.

A pesar de que los tiempos han cambiado, hay algunas costumbres que se mantienen. Una de esas, es la insistencia de algunos hombres de mantener una vida sexual activa fuera de la pareja monogámica oficial, en silencio, para callado, por el lado. Lo he visto, en la actualidad, año 2018: sigue pasando.
Todo ese bagaje histórico del que hablo forma parte -estoy segura- del set de información que llevamos con nosotras y que nos proporciona herramientas de autocuidado. Por lo tanto, una mujer libre, que vive su sexualidad y es atractiva = posible amante de mi marido, pololo o interés amoroso, lo que sea. La cosa es que la vemos como una amenaza.

Estoy harta de que las mujeres seamos las que tenemos que acarrear con tantas responsabilidades. Además de todo lo que ya sabemos -trabajar el doble, vernos minas, demostrar que somos inteligentes-, tenemos que cargar con “evitar que nuestra pareja nos ponga el gorro”. O sea, algo irresponsable y traicionero que hacen ellos, tenemos que tenerlo previsto nosotras y trabajar duro para que eso no pase, ya sea a través de mantenernos más atractivas que las otras mujeres, más disponibles sexualmente, o a través de amenazas y shows de celos con la esperanza de que el hombre entienda nuestro descontento. Y, ¿entiende? me pregunto yo. Por supuesto que no. Pocos son los hombres portadores del gen de la infidelidad que son capaces de revisarse y parar con esas malas prácticas a voluntad y consciencia. Y lo peor, es que muchas veces somos las mismas mujeres las que lo aceptamos, con la ridícula excusa de “son hombres, no pueden controlarse”. ¿No pueden? ¿o será que no quieren? Todas sabemos la conclusión a la que llegamos luego del largo análisis: no debemos culpar a “la otra”, pues el que se encuentra en una relación comprometida es él y debiera ser capaz de hacer coherente acciones y promesas.

Pero cuesta. Porque el ser amado es alguien a quien no queremos dejar ir. Muchísimo más fácil es odiar a la desconocida entrometida rompehogares, que echarle la culpa y exigir explicaciones reales del hombre que se ama. Porque más encima suelen negarlo todo y una termina aceptando, pareciera que no queda otra, a pesar que en el fondo de nuestros corazones y nuestros cerebros sepamos la verdad. Y todo ese odio y esa inseguridad se termina depositando en esa mujer, y en esas mujeres, las solteras, las atractivas y peligrosas mujeres que viven su sexualidad.
No nos engañemos, chiquillas. Nosotras también hemos sido ellas. Que la responsabilidad recaiga en quien la merece.

2 Comments

  1. Lucina

    Encuentro súper acertado tu análisis. Inmediatamente de me vino a la cabeza mi ex pareja, que cuando yo no quería hacer en la cama algo que él deseaba, me tiraba indirectas (y directas) sobre que un día se iba a aburrir y se buscaría a una mujer que no fuera tan “cartucha” como yo y estuviera dispuesta a hacer todo lo que a mí no me daba la gana. Nunca he sido celosa y cuando esto pasó ya era bien viejota, pero pienso… Cuántos hombres usan esas técnicas de manipulación? Cuántas chicas, por inseguridad, inmadurez o desesperación por retener al susodicho permiten que les metan mierda en la cabeza?

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