MIS MUJERES

Me criaron dos mujeres, de hombres ni hablar. La primera es mi mamá biológica, era la típica señora gorda, chica, con faldas largas que se pone a hablar en voz alta en la micro sobre su diabeti para que le den el asiento. En realidad yo era la mamá de ella o al menos, no me sentía su hija. Siempre la podías retar por su comportamiento recibiendo apenas un “ah, ya salió esta otra” de vuelta. No le pedía los permisos a ella. De hecho aveces me decía Paula en vez de Paola. Trabajaba cuidando enfermos terminales cuicos en sus casas así que veía tele todo el día, porque el enfermo estaba dopado. Y cuando digo que veía tele es que veía CNN desde que se levantaba hasta que se acostaba y entremedio cambiaba a un matinal. Imagínense eso año tras año, con el tiempo dejas de arreglarte porque nadie te va a ver, vas a irte el sábado temprano a visitar a tus hijas a Maipú y volverás el domingo en la noche a tu trabajo. Para qué arreglarse. Por otro lado, creía que el mundo era demasiado peligroso: No vaya a salir mi niñita, abríguese, no ande tarde en la calle, no vaya a usar microonda porque da cáncer, lo vi en el matinal, cuidado con las fiestas porque están drogando gente y así un largo etc.
Por otro lado yo tenía que catetearla para que su jefa – la hija cuica de algún anciano cuico pinochetista- le pagara el sueldo, también para que vaya al médico. Puta que le cuesta a las viejas ir al médico. A veces le cuidaba el dinero para que no le prestara a cualquiera y le preguntaba si acaso iba atrasada con el dividendo de su casa.  Mi mamá sacó la casa propia cuando yo tenía 6 años y ella 48. A los 68 terminaría de pagarlo, pero por supuesto se atrasó.
Odiaba que me llamara por teléfono a la casa de mi tía, nunca supe qué hablar con ella, así que todo se resumía en un “hola, sí, ya, eem, ya, si, ya, chao”.

Por otro lado, estaba mi tía. La que veía todos los días, la que me lavaba la boca con jabón cuando chica si decía garabatos, la que me obligaba a hacer las tareas y me daba permiso para salir y luego me prohibía dormir con pololos cuando más grande. Mi tía es la ruda, la vieja loca, la gritona, la Patty Maldonado de izquierda y pobre. Era 10 años menor que mi mamá pero la retaba como si mi vieja fuera una niña. Que se pusiera las pilas y pidiera pensión alimenticia, que dejara de contratar detectives para seguir a mi papá, que se corte las uñas porque es enfermera, que junte la plata para ponerse dientes nuevos. De hecho mi tía le junto la plata a mi mamá para el pie de la casa. Por otro lado, mi tía no sabe estar sola, si no estaba ayudando a mi mamá, estaba ayudando a todo el barrio, necesita que la necesiten, necesita ser importante, necesita que la quieran. Duden siempre de la persona que ayuda a todo el mundo, lo hacen para no estar con sí mismos.
Como dije antes, se llevan por 10 años de diferencia, eso significa que entre ellas hay 10 hermanos entremedio. Mi abuela materna tuvo 18 hijos. DIECIOCHO conchetumadre. Y mi mamá al ser una de las mayores vivió lo que era dejar de ser el centro de atención muy chica, así que se quedó pegada en una etapa de la infancia donde aún se sentía querida y protegida.
No obstante, mi tía, viviendo ese mismo vacío y falta de atención, aprendió que haciéndose cargo de otros, ayudandolos, era visible y recibía cariño de agradecimiento de vuelta. Por eso es tan chupapico de los vecinos, por eso cuando yo era chica -lo entendí mas grande- daba los mejores consejos, progres y sabios en toda la cuadra pero en la casa era como un militar, porque a nosotras no nos tenía que ganar, ya nos tenía, ya la queríamos por ser nuestra tía y cuidarnos. Por eso se le salía el demonio al tiempo que era lo más dije de ese pedacito de Maipú.

Así que entre estas dos mujeres, una que era incapaz de darme permisos pero era mi madre, y la otra que en la casa era estricta y conservadora, me crié. Mi sobrevivencia infantil y adolescente la sortié en esta ambivalencia. Así que aprendí a usar un comodín. Cuando mi tía no me dejaba hacer algo yo usaba las palabras mágicas, las palabras que la hacían llorar escondida, las palabras que le dolían porque eran ciertas y qué mas quería ella que no lo fueran, que no se las sacara en cara. A veces, después de mandarme una cagada yo le decía: “No puedes pegarme, total tú-no-eres-mi-mamá”. Y a mi mamá, por otro lado, cuando intentaba opinar algo sobre mi vida, le decía diabólicamente: “No-me-ves-nunca-y-ahora-te-importo”.
Me recuerdo diciendo esas cosas y pienso “ohhhh, la pendeja culiá!”.

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