P5T1

A la Catalina le decíamos P5T1 en sexto básico. Como no, si era la que usaba el Jumper más corto del curso (se le alcanzaba a ver la pata que se ponía abajo), se amarraba la polera para dejarla como peto en educación física, se dio topones con tres compañeros el mismo año y se intercambiaba de collac con otros tantos mientras se hacía un rulo en un mechón de pelo con la mano. En séptimo seguía igual y comenzamos a decirle Putalina. A ella no le importaba (en realidad no le importaba nada, ni las notas, ni saberse “Todos Juntos” de los Jaivas en flauta, ni aprender a ponerle B a “vicicleta”), mas bien creo que se sentía secretamente halagada por saberse la “sexy” del curso.
Fue la primera junto a su mejor amiga en depilarse el cuerpo, cualidad que orgullosamente exhibía en verano, con su polera de pavilo y short apretado que la hacían lucir lisa como el potito de Huggies, y la primera en maquillarse, actividad que realizaba dos veces al día en los puestos de atrás, escondida en plena clase al lado del estante.
Al resto de las mujeres del curso nos caía como el hoyo ver que todos babeaban por ella, así que le hicimos el apartheid y nunca la convocabamos para los trabajos grupales. En esa época también le hicimos el apartheid a la Nicole por tener piojos y a la Dafne por el olor a pichí, pero entre ellas también se odiaban, así que en vez de unirse terminaban solas en los recreos.
Sin embargo, a pesar de pelar a la Putalina públicamente, internamente deseábamos ese cuerpo desarrollado. Que nos crecieran los pelos para poder sacarlos, que nos crecieran pechugas para poder usar un sostén real, no esas hueás AVON para botones mamarios de cortesía que apenas asomaban. Queríamos que nos quisieran dar topones a nosotras también, queríamos usar polainas sobre las calcetas de colegio y el delantal abierto para ser cool, queríamos que todo el curso nos rayara el delantal con dedicatorias escritas con lápiz pasta y que el Francisco Veliz nos pescara en el recreo.

Un día hubo reunión de apoderados, así que para variar, me acosté temprano y me hice la dormida antes de que llegara la tía Martiza. Una hora después sentí sus tacones directo hacia mi y me puse a roncar para que no me retara por mis rojos en inglés (es que la profe era coja y me daba miedo).
Así que le andai diciendo Putalina a tu compañera, ¿eh?, me despertó zamarreandome la cama. ¿Sabíai que me decían la déjate uno en el colegio?, no tía Martiza no sabía. ¿Sabíai que pololié con dos compañeros al mismo tiempo y por eso nadie se juntaba conmigo para hacer los trabajos que mandaba la profesora? No tía, no sabía. ¿Y soy maraca acaso por haber hecho eso? ¿ah? ¿ah? me preguntaba con los ojos grandes a tres centímetros de la cara. No tía, no eres maraca. Por huevona vai a tener que hacer todos los trabajos con la Catalina, y le dije a tu profesora que le vas a enseñar matemáticas los sábados acá para que no repita. Bueno tía Martiza.
Se fue la tía Maritza. Volví a hacerme la dormida. Sentí sus tacones de nuevo. Volvió a zamarrear el colchón para despertarme. Y si volvís a traer otro rojo en inglés, voy a invitar a tu cumpleaños a la Piojo y la Pichí. ¡PERO TÍA MARITTTT…!
Ná de peros, si te ponís a reclamar te meto a un internado.

Nunca más le dije P5t1 a otra mujer, pero cuando entré a la U, supe que la Putalina de la generación era yo.

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