NAVIDAD

Trataba con extremo esfuerzo mantenerme despierta hasta la medianoche para alcanzar a ver al viejito pascuero. Las horas pasaban lentas igual que mi pestañeo. Mi mente trasnochada convertía los reyes magos del pesebre de yeso en pequeños querubines que me miraban juzgando mi debilidad. Nosotros caminamos en el desierto, y voh no podís aguantarte en tu living hasta las 12 de la noche ¡pendeja floja! me decían con los ojos bizcos porque los había pintado como el pico.
La semana previa a la navidad me inundaba esa emoción y ansiedad infantil igual a la víspera de los paseos que hacíamos a la piscina con los demás niños de la cuadra. Pero al final, la emoción se convertía en frustración: todas las nochebuena me quedaba dormida en el sofá y despertaba al día siguiente con el pijama puesto.

La Connie era una compañera de curso que me caía como el hoyo, me decía orejona, enana, potocochino y piojenta cada vez que me sacaba mejor nota que ella. Sólo una vez traté de defenderme pero me eché a la mitad de las niñas del curso encima. Ella era popular porque llevaba juguetes caros a los recreos y por sobretodo, había ganado fama un primer día de clases en la que nos mostró un autógrafo del viejito pascuero en una hoja de oficio.
¿Por qué a la Connie le pasaba todo lo bueno? tenía el poto grande, el cassette original de los BSB, plata para comprarse stickers después de clases, colaciones chatarras todos los recreos y más encima el autógrafo de un famoso, el esquivo Santa Claus.
Así que en diciembre de 1997 y después de mil humillaciones escolares, pensé: Constanza, se te acabó la fiesta. Estuve decidida a terminar su monarquía con mi propio saludo del viejo pascuero, pero no podía ser un simple autógrafo, debía ir más allá. Con la Connie eramos vecinas (me obligaban a jugar con ella, ¿y donde quedan los DD.HH, ah?), así que si era necesario llevar la cabeza en mano del viejito pascuero, lo iba a hacer, se acabó la hueá. Bueno en realidad pesqué mi radio, un cassette virgen (o quizás con canciones de la Radio Carolina puestas encima) y un micrófono, esta vez no se me iba a escapar.

[Noche de navidad]
22:55 Ya estoy cagada de sueño. Mi hermana y mi mamá se ofrecieron despertarme a las 12 en punto pero ya no confío en ellas, mi vieja me había traicionado la vez que le pedí que me avisara cuando pasara el ratón de los dientes a buscar mis paletas. Esa vez argumentó que no pudo despertarme porque el ratón sacó un cuchillo y la amenazó con matarla si yo lo veía. Mi mamá nunca supo contarle cuentos a los niños, por eso trabajaba cuidando ancianos.

23:15 Con una mano aprieto el micrófono rosado y con la otra me afirmo un ojo a lo Naranja Mecánica para que no se me cierre.

23:30, me siento como drogada, mirando un punto fijo mareada sin hablar.

23:40 Creo que no lo voy a lograr. Culpo mentalmente a mi familia por haberme acostumbrado a acostarme al tiro apenas terminaba la teleserie.

23:50 Estoy durmiendo. Todo se pudrió.

24:30 Desperté de un sobresalto. El micrófono está en el suelo y tengo la mano roja.
No hay nadie en mi casa, pero la puerta de la calle está abierta. Afuera hay ruido. Están todos los vecinos y cabros chicos revueltos ¡Ya pasó el viejitoooo, te lo perdiste! me dice el Marco, un cabro que a sus ocho pidió cassettes de música clásica. Una prima grande me dice que debe ser un anciano reencarnado, yo no sé qué significa eso pero me asusta de todas maneras. La Connie no está, me avisan que fue a pasar las fiestas donde su abuelita.
Busco pistas del viejito. Si pasó hace media hora debe estar cerca. Le pregunto a mi hermana si lo ha visto pasar por el cielo, dice que no. Vuelvo a entrar a la casa a buscar mi equipo periodístico. Afuera se escucha la risa de la tía Maritza, sacó la mesa del comedor y está tomando en la calle con los vecinos, los autos que quieren pasar se tienen que dar la vuelta manzana. Recojo el micrófono entusiasmada, hay esperanza, este es mi año. Siento un ruido al final del pasillo. Conchetumadre, es el viejito. Conchetumadre, conchetumadre, conchetumadre. Tomo una pitilla con la que ataron el pollo relleno por si es necesario amarrarle las manos y pongo REC a la radio para que comience a grabar. Avanzo por la oscuridad, mi corazón late tan rápido como las gotitas de pichí que me caen de los nervios. No veo nada, pero siento al viejito pascuero jadear. Debe estar cansado. Acerco el micrófono a mi boca y susurro “Amigos, aquí vamos a entrevistar a Santa Claus”, sigo avanzando por el pasillo, ahora me dieron ganas de cagar. Parece que no lo quiero ver, camino lento para retrasar el momento. Me parece fantasmagórico imaginarlo, hasta satánico. El viejito sigue jadeando, sí, obvio que es él. Voy pasito a pasito, no quiero meter ruido para no espantarlo, mil preguntas se me vienen a la mente. Está en la pieza de las maderas y cachureos, obvio, como no tenemos chimenea, es normal que ingrese por la parte mas fea y trasera. Empujo la puerta, todo es real, todo es en mi casa, todo está siendo grabado. Mi mamá pega un grito y se levanta. El viejito pascuero se tapa el pico con el gorro y me mira espantado. La victoria es mía, te gané Constanza.

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