LAS CHICAS

Hace unas semanas una mujer treinteañera me escribió al instagram donde subo las fotografías que tomo y me pidió una sesión para ella y una colega, agendamos fecha y lugar de la sesión y al rato después me preguntó si acaso me importaba que fueran escorts.

Siempre pensé en las trabajadoras sexuales como las enemigas. Putas callejeras o escorts si tienen suerte o un cuerpo publicitario que las acompaña, todas ella cosificadas, alimentando y perpetuando un fetiche masculino donde la mujer siempre está dispuesta y perfectamente depilada para recibir al macho desesperado. Pagar por sexo, cosa más patética decía yo y me amparaba en el feminismo y reportajes de Informe Especial y Contacto donde se mostraban allanamientos a estas casas de putas. A quién le importa, a los delincuentes comunes se les tapa la cara, a las trabajadoras sexuales se les repite el rostro una y otra vez en estos programas. Bien hecho está, esas mujerzuelas optaron por el camino fácil, como si fuera simple ejercer un trabajo ilegal que es condenado socialmente, que no posee previsión de salud, vacaciones ni fondo para la vejez.

Hice la sesión con las chicas, hablamos mucho rato. Supe que la mayoría de las escorts que ellas conocen lo hacen porque pagan con eso sus estudios universitarios. No es dinero fácil, pero tampoco un trauma. Como promotora ganaba $250 lucas part time y me alcanzaba sólo para la U, no para mi hijo y yo, cuenta una de ellas. La imagen del allanamiento televisivo me parece ahora un poco más lejano. Melissa Gira Grantt en su libro Haciendo de Puta escribe “la producción del discurso de la prostitución por parte de personas que no son prostitutas, aliena a la misma trabajadora del proceso de su propia representación”, es decir, todo lo que sabemos sobre “las putas” lo sabemos por un imaginario académico, periodístico, literario y ficcionado relegando a las trabajadoras sexuales a un plano unidimensional, son sólo la puta. La puta enamorada, la puta que va a un late de TV a hablar de los tipos de clientes, la puta allanada, la que no sabe lo que hace, la atormentada. Ahora yo estaba habla hablando con putas de verdad, chicas de mi edad, con la que teníamos temas en común y que ven este trabajo como otro.
La genitalidad está criminalizada parece, porque todos trabajamos con el cuerpo a cambio de dinero. El que barre la calle, la enfermera que limpia culos de ancianos, el que se rompe la cara en la lucha libre, la que depila rebajes, los y las que limpian baños, los que se cagan la vista y atrofian su cuerpo sentados trabajando horas frente al computador. Pero ponerle precio a la vagina, eso es tema controversial. Entiendo si no están de acuerdo, yo me llené la boca desde mi feminismo anti trabajo sexual. Ahora el mismo feminismo me ha mostrado otro lado.
Virginie Despentes, autora del libro Teoría King Kong, activista, feminista, cineasta y ex trabajadora sexual escribe: “El tipo de trabajo que las mujeres no pudientes ejercen, los salarios miserables a cambio de los cuales venden su tiempo, eso no le interesa a nadie, es el destino de las mujeres que han nacido pobres al que nos acostumbramos sin problemas. Ninguna legislación prohíbe ser tan pobre como para dormir en la calle. Convertirse en vagabundo es una degradación tolerable. Pero trabajar en el comercio sexual es intolerable, la venta de sexo le concierne a todo el mundo”.
A medida que hablo con las chicas durante la sesión me doy cuenta de lo unidimensional del imaginario de trabajadora sexual. No son sólo escorts, son hijas, madres, estudiantes, amigas, ciudadanas, militantes. La relegación del oficio las reduce a un imaginario donde sólo ofrecen trabajo sexual. Las letras de las canciones y las películas mantienen cierto romanticismo mientras en la vida real las corretean de las calles ¿A qué le tenemos tanto miedo, si nos validamos de las mismas herramientas con las que ellas trabajan?
Virginie Despentes también expresa que por otro lado el hombre cuando “se va de putas” no tiene ninguna carga social. Yo misma he compartido en carretes con compañeros que se han atendido con trabajadoras sexuales y nadie los apunta como se las apunta a las que ofrecen su trabajo. Parece que es la única ilegalidad donde el consumidor resulta ileso. Una persona que consume pasta base está igual de cuestionada socialmente que el vendedor de la droga. Lo mismo que con el material pornográfico infantil, vendedor y consumidor están en la sombra. Pero el cliente de la trabajadora sexual es transversal. Es el animador de tv, el político, el primo del sur, tu tío, el futbolista, el cantante pop… sin embargo sólo ellas están en la penumbra.

Virginie Despentes me vuela la cabeza cuando sigue en su libro diciendo “reducir el tema del trabajo sexual a la trata de blancas es como hablar de la industria textil aludiendo sólo a los niños chinos que hacen ropa para el retail”. Jaque mate. Ojalá las trabajadoras sexuales que lo hacen voluntariamente puedan ser consideradas trabajadoras como tal. Me gustaría ver a las chicas que conocí y a tantas otras con seguro social.

Al finalizar la sesión me dijeron: que bueno que seas mujer, los hombres cuando nos sacan fotos para subirlas a internet nos acosan durante la sesión y luego como tienen nuestro número lo hacen por el celular.

Con el pasar de las semanas le he tomado fotos a otras mujeres del mismo rubro. Me gusta ser su fotógrafa, me gusta que se sientan seguras en esa parte de su trabajo. Me gusta salir de mi burbuja y mi moralina y me gustaría que se incluyeran sus voces cuando se habla desde la teoría o políticas públicas. Basta de cacería de brujas y de disfrazar de benevolencia la moral cristiana.
Ojalá mejoremos las condiciones para que quienes deseen ejercer ese trabajo lo hagan en condiciones seguras y dignas y ojalá la sociedad avance lo suficiente como para que no tengan que seguir diciéndoles a sus familias que están de promotoras o enfermeras, porque no le están robando ni haciendo daño a nadie.

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