LA PICHÍ

La Nico iba siempre mal al colegio. Que la ropa sucia, que el pelo cochino, que el mal olor, que los pelos de conejo en el chaleco, que las tareas sin hacer. Y los pendejos son crueles, porque cuando erís chico quieres ser como el resto y el diferente es un “perdedor”, al contrario de cuando creces y deseas ser único y original. Entonces como la Nico era distinta al resto, mis compañeros del Tercero D, del colegio municipal de un barrio cualquiera, le hicieron la vida imposible.
Le decían La Pichí, le corrían la silla, no jugaban con ella y se ponían a llorar si les tocaba hacer un trabajo con la pobrecita, una vez incluso escondieron algo y la acusaron de robo, fue IGUAL al capítulo del Chavo “ratero”. Por mi parte, mi disfuncional familia hizo que siempre me sintiera rara, así que empatizaba con el gordo del curso, con el que no hacía religión y lo sentaban al final, con la que pronunciaba mal la “erre”, con el que se hizo caca en educación física y por supuesto, con La Pichí.
Nos hicimos amigas y en los recreos jugábamos a la ouija hecha con una hoja de cuaderno, bajo la escalera principal. También intercambiabamos tazos y láminas de Sailor Moon y una vez me invitó a tomar 11. Comimos pan con mortadela lisa y tomamos colacao. Del amor.
Nuestra amistad terminó cuando en octubre de 1996, la profesora jefe, con su mano tapándose la nariz, me llama a su puesto y pide expresamente, que yo, como amiga de La Pichí, le diga que se bañe porque está pasada a meao de gato. Le dije a mi profe, por supuesto, que me daba pena decirle eso y que el Cristian Soto también siempre estaba pasado a peo y nadie lo molestaba. La profe me exigió hacerlo en el próximo recreo y sin mas discusión, volví a sentarme al lado de mi amiga y pensé toda la hora antes que tocara el timbre, cómo safar de hacer sentir mal a mi amiguita.
Llegó la hora del recreo, mi corazón latía fuerte. La mamá de la Nico me había enviado colación y la Nico me decía que apurara el paso para que jugáramos pronto en los 15 minutos que teníamos.
Bajamos las escaleras, yo callada, ella feliz, pasamos el gimnasio y llegamos al patio polvoriento de colegio municipal sin recursos.
Habían 3 perros flacos en una esquina, los perros comían esos cancerosos arroces de colores y los “Chúpate el deo” que los cabros de primero básico le tiraban. De repente, lo ví.
Me acerqué a los perros, tomé su caca y se lo puse en la ropa a La Pichí, se lo esparcí como si fuera manjar, mientras me reía como una bruja malvada. A mi alrededor, toda la básica me miraba como si fuera una viejaloca pero yo seguía, al comienzo sin que La Pichí se diera cuenta, y luego, a pesar de sus manotazos, le ensucié con caca el chaleco, jumper, manos, hasta en el pelo.
La voz en el patio se corrió y llegó el inspector.
A mi me suspendieron del colegio por desquiciada, a la vez que mi mamá alegaba llorando que sólo era una niña y mi tía le atribuía mi comportamiento a “la esta del Dragón Ball”, si yo nunca debí dejarla ver tele, decía.
A la Pichí la mandaron a la casa, para que se bañara y cambiara de ropa. Su mamá la tuvo que limpiar brígido, le sacó el olor a guarén que tenía desde 1995, le cambió ropa y la empezó a bañar y cuidar todos los días por si “otra pendeja enferma le había hecho algo a su hijita”.

La profe, La Pichí y Chile me deben una.

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