CAMINO AL SUR

Voy camino a Los Ángeles en bus. Viajé de día para ver el paisaje y porque le temo secretamente a la muerte más de lo que imaginan. A mi lado, una señora va llorando revisando un celular antiguo, de esos monocromáticos. Adelante dos cabros chicos sentados miran hacia atrás de vez en cuando sacando la lengua. Están vestidos iguales, odio a sus padres. Atrás un metalero va sentado solo con las piernas abiertas pero las cierra cada vez que tiro hacia atrás el asiento y se pone a hacer presión con la rodilla. Pasando el pasillo, en los asientos que nos continúan va una mujer joven amamantando en la ventana y a su lado un caballero de unos 80 años. Ya no sé ni en qué ciudad vamos, me comí toda la colación del viaje antes de llegar a Rancagua y no tengo internet en el celular. Voy revisando selfies y borrando fotos para hacer hora. La señora a mi lado sigue llorando y de vez en cuando se sincroniza con los llantos de la guagua. Me dan gana de saber qué le pasó, pero siento que si le pregunto voy a tener que ser empática y darle consejos. Adelante, los pendejos comenzaron a tironearse un juguete. Atrás, el metalero va con los ojos cerrados haciendo como que toca batería con los dedos índice en cada rodilla. Estoy que me cago, pero el anciano al lado de la guagua ya ha usado el baño 3 veces y me da asquito.
La batería del celular se me va a acabar así que anoto el teléfono de mi abuela en un papel para llamarla desde el terminal, no la visito desde 1996 y en verdad da lo mismo, tuvo 18 hijos, somos 50 nietos, debe querer apenas a 5. El viejo y el metalero quedan hipnotizados por el asomo de teta de la mujer que le da leche a la guagua mientras los hermanos chicos adelante mío comienzan a sacarse la cresta. La señora llorona los mira y empeora su situación. Capaz se le murió un hijo. No sé, siempre pienso en la muerte ¿Por qué más lloraría así una persona de 60 años? No creo que por un hueón que se comió y no le habla en cinco días. El bus se detiene y vemos al chofer bajar a una posada en medio de la nada. La nada en el sur es linda, es cualquier lugar lleno de cerros, árboles y hanta. “TSSSS” se escucha en el bus cuando vemos por la ventana rajar corriendo al conductor. Nadie ve al auxiliar tampoco. Quizás bajó antes. Deben haber ido al baño, porque la posada está cerrada.

Dejo de mirar a la ventana, levanto la vista al asiento del frente y uno de los niños hermanos está sangrando ¡Qué chucha!, me paro y veo al otro haciéndose el dormido. ¿Y tú papá? Le pregunto al ensangrentado que no llora pero tampoco ríe. No está, nos mandaron donde la tía Rebeca al sur. La puta madre, la guagua se puso a llorar y la mujer putea al viejo por verde. Saco un papel higiénico de la mochila y le limpio la sangre nasal al cabro chico ¡Señora deje de llorar! Le digo a la vieja de al lado, quien me abre los ojos, me hace un gesto de “no” con la mano derecha y se pone fetal en su propio puesto. Se despierta el otro gemelo y tiene un ojo hinchado. Cuando su hermano lo ve se pone a gritar. El metalero se levanta para retarlo pero dice “conchetumaaare” cuando lo ve, yo me pongo nerviosa y miro hacia la posada a ver si se ve el chofer. ¿Por dónde vamos? Le pregunto a la señora llorona, quien de nuevo sólo me abre los ojos y hace el gesto de “no” con la mano. Le pregunto al anciano, pero se hace el amurrao tras el carterazo que le pegó la mujer de la guagua. Miro al metalero pero me devuelve la pregunta. Decidimos con el metalero bajar a los hermanos para que usen el baño y conseguir hielo. Los hermanos no quieren bajar, dicen que tiene instrucciones de sus padres de no seguir a desconocidos. Filo, bajo sola con el metalero.

Los asientos delanteros del bus están desocupados. Caminamos hacia la posada, el metalero me pregunta el nombre y se tropieza con un alambre de púas a ras de suelo. Me invento otro nombre, me invento otra vida. Él me dice que tiene una banda y que en el bus me pasa unas canciones que tiene en el celular. No lo pesco. Tocamos la puerta pero no abre nadie. Deben estar jalando, estos culiaos son buenos pal jale, si mi papá era camionero, que es como lo mismo que manejar el bus y ese hueón se jalaba hasta las migas de pan, dice Metalero. Me desespera que siga hablando mientras tocamos la puerta desesperados y tratamos de abrir las ventanas. No hay caso, es como si no hubiera nadie. Las cortinas están abiertas, la decoración interior recuerda las casas ochenteras de las series gringas. En un rincón de la cocina se ve una olla hirviendo que comienza a botar espuma, es como un grito ahogado en una casa abandonada. Cáchate, están dando Los Venegas, ¿no que habían cortado esa cuestión hace años? Dice Metalero con mas agudeza que yo al notar una vieja tele prendida. Caminamos de vuelta al bus, el metalero me invita a una tocata en una parcela en Santa Bárbara, se me había olvidado que en mi identidad inventada le había dicho que era bajista. Subimos, él primero. Se da vuelta y me hace un “shhhh” de silencio, adentro todos están durmiendo. Voy a sentarme en mi puesto pero la guagua que amamantaba está ahí recostada. La señora es la única despierta y sigue llorando fetal. Miro a los hermanos para cachar si están bien, y de hecho lo están, el del ojo hinchado lo tiene sano y el otro no tiene nada ensangrentado. Me siento al lado del metalero. El anciano se besa con la joven madre apasionadamente y yo le pido los audífonos al metalero para escuchar su disco de mierda porque ya no sé qué chucha hacer, espero que el chofer vuelva algún día. Espero no volver a viajar de día.

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