DE LO EFÍMERO

El lunes pasé a dejarle flores a mi mami en un cementerio ubicado a un costado de la autopista. Pensé en ella, saqué los caracoles posados en su placa y le pedí un par de favorcitos así como que no quiere la cosa, como si por muerta tuviera superpoderes capaz de intervenir la realidad.
Habían placas recientes con los cuerpos aún tibios bajo ellas, placas llenas de flores, juguetes y familiares llorones. Habían otras de más de 15 años difuntos, con su pastito seco, olvidados y superados. Me despedí de los guardias y esperé la micro en el paradero.
La micro no llegaba y empezaba a oscurecer en ese no-lugar. Los autos comenzaron a agolparse desesperados por llegar a sus casas luego de 10 horas de trabajo para tomar 11 y ver la teleserie de la noche. De repente, en la pista izquierda, 2 cuerpos salen disparados a la conchetumadre como muñecos de trapo. Era una pareja que acababa de chocar en moto y se reventaron a 4 metros mío. Caos. La gente en sus autos quedaron estremecidos ante la escena y un par de mujeres atinó a salir en ayuda de los heridos. La ambulancia llegó 10 minutos después en vano. No había ná que hacer mas que juntar los sesos que antes guardaban recuerdos para llevárselos a una morgue a cerrar un proceso legal ante el final de una vida, así terminaría todo, en un trámite. La gente se tapaba los ojos con la mano entreabierta para guardar una escena en su lado mas morboso, los autos avanzaban lento para sapear y bomberos sacaba el nylon anaranjado para tapar los cuerpos.
Una embarazada se tomó la guata y comenzó a llorar pal pico a mi lado, la abracé y le dije que se fuera a casa, que no vea hueás, que mientras ellos se van, su hijo viene. Esos pololos morían ahí, camino a casa donde los esperaba el calientacamas, la tele, el pan con palta y las deudas. También los esperaban los cumpleaños que se venían este mes, la pega no entregada en la tarde, la llamada al papá que no alcanzaron a hacer porque “viejo, toy ocupao ahora, mas rato te llamo”. Mi mamá tras batallar un cáncer maraco estaba bajo tierra 20 metros más a la derecha, sin llamadas pendientes, sin esperanzas y sin hígado pero con su piel amarilla y raquítica con el que su enfermedad esperó su último suspiro. Al final no sé que hueá es mejor, ella sufrió la enfermedad pero cerró todo. Estos enamorados dejaron la tierra al instante, sin dolor y sin despedirse. Sus vidas quedaron abiertas como sus entrañas. Sus entrañas botaban litros y litros de sangre, esa sangre corrió por el costado de la carretera, se juntó con el pichí de los perros callejeros, los neumáticos de los autos y el asfalto de una ciudad gris, avanzó hasta un desague y cayó con el agua sucia de los desechos de la gente que sigue viva pero que no lo sabe.

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