MI TÍA

Como mi mamá debía trabajar mucho, una tía mas joven nos cuidaba y criaba. Se llama Maritza y puta que me hizo pasar vergüenzas.
La tía Maritza tenía un perro que se llamaba Willy y cada vez que se escapaba, salía corriendo por toda la villa en camisa de dormir gritando “Willy dentrateeee pa dentrooooo perro culiaooooo” y todos los vecinos se asomaban para ver el vaivén de pechugas voladoras en su escote.
Tenía un almacén en casa, el que al comienzo, cuando tenía 10 años me encantaba atender, pero cuando llegó el verano, dejé de “trabajarlo” ante la plancha de ver a mi tía vendiendo en pareo sin nada de ropa abajo. Es que me abochorna el calor, debe ser la tiroidis o la menopausia, decía toda sudada mientras yo buscaba en icaritos qué era la “tiroidis”.

Un día se me ocurrió la mala idea de decirle en plena Alameda que se había puesto la polera al revés, a lo cual ella sin preámbulo se la saca y da vuelta. Bah, qué miran los sapos, decía cuando los viejos verdes, aprovechando esos microsegundos en sostén no disimulaban su calentura. Lo más bien ellos pueden andar sin polera en la calle y nadie los mira, me enseñaba. Otro día en la micro, se puso a gritar por haber reconocido a una mechera que le había robado la cartera hace unos meses atrás: “Esta hueona es ladronaaaa, bájenla, bájenla”. Puta la hueá, siempre se manda un show. Le reclamaba a los pacos en la calle, reclamaba en el banco, reclamaba los pesos a maría ayuda en el súper, reclamaba a los micreros que andaban rajados en las antiguas micros amarillas y así me acostumbre a sus griteríos e histerias.
En el barrio era conocida por su risa estridente, por subirse a los árboles del parque a cortar las ramas peligrosas y salir en buzo por las noches a dejarle comida a los perros callejeros. Y en mi vida era conocida por haberme cortado el pelo como el pico, al ras, tras haberme encontrado piojos por tercera vez en el año.

Una noche tuve que ir con ella a una reu de apoderados de mi curso porque no podían dejarme sola en casa. En esta ocasión, los apoderados acordaban para el día del padre tenernos una sorpresa: que llegaran ellos a mitad de la clase del viernes a recibir el regalo que nos habían obligado a hacer en técnico manual.
Yo estaba afuera de la sala escuchando todo y caché cuando Maritza se pone de pie y dice “yo no estoy de acuerdo con esa mierda, hay niños y niñas que no tienen papá y se van a sentir diferentes al resto”. Como era de esperar, las mamás de la reu se alzaron contra ella y entre puros “pero eso no es culpa nuestra, yo quiero que mis niños le pasen así el regalo a su papito” mi tía sale emputecida de la sala, me toma del brazo y por primera vez la ví con ojos llorosos. Vámonos de esta hueá, estas viejas culecas no cachan ná, dijo y me llevó a una San Camilo a comer berlines. Ese día dejé de sentir vergüenza por las cosas “extravagantes” que hacía y la sentí como mi heroína.
De repente, esa infancia incómoda por no ser criada como el resto de mis compañeros de curso en una casa con mamá y papá; por no saber a quién chucha regalarle las mierda que nos obligaban a hacer en clases; incómoda por pendejos que escuchando lo que sus padres hablan, me decían guacha cuando se picaban en algún juego que yo les ganaba. Incómoda porque lo que hacía mi mamá, eso de trabajar sin criarme era un rol masculino y me cuestionaba si acaso que no me fuera a buscar al colegio era porque no me quería. Sí, esa incomodidad de la pendeja que quiere encajar con el resto y ser invisible, se fue desvaneciendo gracias a las enseñanzas de mi tía, una “viejaloca” que no le importaba el qué dirán en una sociedad noventera culiá que vivía de las apariencias, donde aún se dividían los cabros chicos en hijos naturales o legítimos, donde el divorcio no existía pero sabíamos del chanchullo de la “nulidad”, donde los adultos eran incapaces de mirar con normalidad lo que estaba fuera de sus valores cristianos al peo.

Desde esa reunión de apoderados, los regalos del día del padre siempre se los dí a mi tía Maritza y ella, sin pelos en la lengua, me decía cerrando un ojo “¿y por qué chucha les hacen hacer estos lapiceros con fideos? la hueá feaaaa”.

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