LA PRIMERA VEZ

Esa mística católica de perder la virginidad, que tiene que ser con “el elegido”, que es especial, que te hacís mujer, que el himen es un antes y un después. Todo ese valor purista tan alejado del placer, de la hormona, del cuerpo, de las ganas, en cambio con miedo, con preguntas sin respuesta, con las mamás que nos enseñan como cuidarnos para no embarazarnos, para no contagiarnos, que “no es ná deporte la cosa” pero nunca hablando además de lo rico de compartir con otro u otra esa intimidad, nunca de qué posición es mejor, o tal o cual juguetito. Me hablaron mucho del condón, el sida, el embarazo y las pastillas, pero nunca de la masturbación y el orgasmo. Y mientras el papá le pasa plata para preservativos al hijo, madre y padre enseñan a su mujercita a llegar temprano, a no quedarse afuera para que no se la pongan. Ni se le ocurra dormir con el pololo, la casa se respeta y usted también. Porque el respeto a nosotras mismas es no follar tanto como en realidad quisiéramos. “Hazte respetar” decía mi madre cuando intuía que un cabrito me joteaba para la pura cacha, como omitiendo que quizás yo quería lo mismo, que quizás no era malo, que tal vez respetarme era hacer lo que en realidad sentía. Nos reprimen hasta la calentura, no se vaya a creer que una es suelta.

Me sentí como delincuente cuando luego de la primera vez en cuarto medio llegué a casa mintiendo que estaba haciendo una tarea grupal, y me sentí sucia el trayecto en micro por haber follado, como si tuviera un papel en la frente que le indicara a todos que abrí las patas, como dicen vulgarmente para denostarnos. Ojalá lo hubiera gritado a los cuatro vientos y me habría ahorrado buscar información en internet por vergüenza a preguntar en casa o a mis pares que sabían igual o menos que yo.

El acto en sí casi no lo recuerdo o al menos no como algo rico, sino como el inevitable recuerdo que deja la primera vez de cualquier cosa. Las cachas que recuerdo son mucho más adelante, cuando ya no tenía miedo del qué pensará el resto, ni complejos de si tengo o no poto, de si me depilé o no para la ocasión, de si nos van a pillar o si el calzón está decente. Las que me quedan en la memoria son esos épicos revolcones donde la libertad de ser, sentir y experimentar están acompañados del compañero que voluntariamente elijo, porque me gusta como pareja o sólo como amante.
Ojalá mis primeras veces hubieran sido menos asustada, menos racional, menos paqueada, menos tratando de imitar lo que veía en la tele y más ser yo misma y disfrutar. Ojalá mi compañero de entonces, hubiera visto menos porno y revistas photoshopeadas, pa’ ahorrarnos el ridículo de usar posiciones que no nos gustaban, para que no me tocara con sus dedos secos tan fuerte en lugares imposibles, para que no me pidiera meterlo tan rápido por donde no estaba preparada. Capaz hubiera descubierto antes los orgasmos.

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