ME GUSTA(BAS)

La Solte no sabe que Juan existe. Juan no sabe que esa noche, la desconocida Solte se va a colar a un carrete de casa donde él estrenará su chaqueta nueva. Juan ve a Solte, a Solte le gusta Juan y él, recién pateado no pensaba que volvería a sentir algo que no fuera odio en mucho tiempo, pero para su sorpresa se puso nervioso al verla y se sacó la chucha caminando tenso hacia la cocina.
Solte va a la cocina también y lo mira fijamente mientras él comienza torpemente a secarse la bebida y a buscar paños para limpiar. Se ponen a conversar.  La solte -ya, que paja hablar de mi en tercera persona igual que los futbolistas-, es decir, yo, me puse a escucharlo pestañeando más de lo habitual para que cachara que le estaba coqueteando. Cuando a la hora después comenzó a hablar sobre su ex, no le conté que yo había terminado hace poco también, menos de un mes, y precisamente iba a ese carrete con cara de poto pateando la perra porque creía que jamás podría volver a gustarme alguien. Juan me contagió el nerviosismo. Me arreglaba el pelo y pasaba mi mano por el jeans para secarme el sudor, era ese tipo de nervio como cuando disertas en el cole y te da miedo decir las palabras incorrectas entonces repites lo mismo una y otra vez.

Me fui del carrete y a medida que bajaba el ascensor, Juan dejó de existir. “Oh hueón ¡o sea que puede volver a gustarme alguien!”, pensaba feliz sin mas pretensión que este descubrimiento.
Juan días después me envía un whatsapp, el cual había conseguido sicópatamente a través de la amiga de una amiga. Me encantó que se la jugara. Tenía entradas para el teatro… y para mi kóóórasóóoon, shiaaaa loko. Fuimos al teatro, fuimos a comer y me invitó a dormir a su casa. Caminamos sin saber mucho qué decir, o mas que eso, sin saber mucho cómo decirlo. Del teatro a su casa Juan me gustaba demasiado, y se supone que yo a él también. Llegué a pensar en vidas pasadas, porque sino qué hueá, cómo iba a ser posible sentirme así de atraída con este todavía desconocido.
Comenzamos a sacarnos la ropa entre besos cortos, otros largos, unos mas arriba y otros más abajo. A veces lo besaba con los ojos abiertos mientras recorría con la mirada su pieza tratando de conocerlo más, de encontrar un poco de historia en sus paredes y quizás gustos comunes. Encontré sólo un lienzo en blanco. Le bajé el jeans y empecé a tocarle el pico con las manos, la boca y todo lo que hay entremedio con unas hormonas que saltaban como petazetas. Y follamos toda la noche, todo el día siguiente y nos separamos el lunes en la mañana para ir a trabajar, acordando dormir juntos esa noche también.
Nos whatsappeamos toda esa jornada, no trabajamos nada esperando volver a vernos y esa dinámica continuó por dos semanas en las que estábamos más pegados que catdog. No nos era apresurado decirnos “amor”, carreteamos con gente que creía que eramos un pololeo consolidado de mucho tiempo, nos celamos, lloramos, reímos, conversamos, filosofamos y culiamos como si hubiéramos vivido todos estos años desesperados por conocernos. Hasta que llegó el día 21 de nuestro idilio:

-Oye bonito, anoche no pescaste tu cel, iba a pasarme a tu casa.
-Pucha Solte, apareció mi ex, me acosté con ella anoche, estoy confundido.
-¿No dijiste que estabai seguro que te importaba un pico?
-Eso pensé hasta que de curao agarramos y me removió cosas.

Y se acabó.
Putabida.

 

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