MARAKIWIS

Entré a la U y me agarré hasta los resfríos que encontraba por ahí. Veía a todos mis compañeros minos, simpáticos e inteligentes a la vez que me daba cuenta que por fin conocía gente que pensaba parecido a mi, que no estaba loca y que el sentirme rara en la media era sólo una etapa a la cual no volvería. Lo pasé bien.
De mechona supe hacerla, de lunes a jueves era ñoña y los viernes tomaba en los patios de la facultad. Tomaba por todas las noches sin dormir haciendo trabajos, por todos los 39,5 que me tenían pasando el ramo mas arrastrá que caracol agachado y tomaba sobretodo por salir de mi burbuja, inmadurez e infantilismo y encontrar mi identidad.

Entramos a fines de Marzo a primer año y ya en Junio me había agarrado como a 10 compañeros. Sólo de besitos y una que otra agarrada de anfibio en lo oscurito, no pasaba a más no por decencia sino por pobreza…No había plata para motelear – carreteábamos pelándonos los copetes del súper- y ninguno vivía cerca de la facultad. Carreteábamos en la micro, en una plaza, en la facultad, en la playa… puta que hueveábamos. Nos juntábamos con gente de 2do, tercero y cuarto año, todas y todos bacanes. Hasta que me enganché de un chicoco. Ya no me quería pelar, quería pololear.

Ahí cache todo el mote. Estos ahueonaos me decían entre ellos “la mechona marakiwis”. ELLOS po, que también se habían comido a todas mis compañeras y a las de 2do, tercero y así. Cuando supe no me enojé sino que me enfrenté por primera vez al hecho de ser juzgada por algo que creí normal. Nunca se me había pasado por la mente que comerme a mis simpáticos compañeros había sido mala idea y mucho menos, me daba una mala categoría.
Luego de una clase, uno de ellos se acerca y me dice “Solte, no te comas a todos los niños que se ve feo”. Y le hice caso, pero no “porque se veía feo”, sino porque “qué me tengo que andar agarrando hueones peladores”, pensaba. Me cayeron todos como el pico.
Al que me quería pololear, no me tomó en serio por lo mismo. Agarrábamos en carretes y de eso no pasaba más así que aburrí y empecé a “marakear” por otro lado.

Mis amigas de la facultad, por su parte, eran muy libres con el tema, nos contábamos todo, técnicas para hacerlo mejor, para disfrutar más del sexo, métodos anticonceptivos nuevos, etc. Hablábamos también de sentirnos libres y hacer lo que se diera la gana y ahí entre conversa y conversa conocí el feminismo y dejé de acomplejarme del qué dirán.

Un día cualquiera, ya estando en tercer año de la U, uno de estos cabros que me decían putita a mi espalda, se acerca de la nada y dice:
-Solte lo siento, en verdad era súper ahueonao y no cachabamos que era machista lo que decíamos.

Igual no me pelé más con ellos, a esas alturas estaban todos feos.

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