EL PERDEDOR DE LA SEMANA

Me gustaba Raúl, nombre de viejo, pero jovencito como yo. A Raúl le gustaban todas las mujeres. Entre esas estaba yo. Sabiendo esto, me mentalicé a ser sólo una tiramiga más y no engancharme pero no pude. Cuando agarrábamos en un carrete, me decía que nos fuéramos a su casa, que la mía la iba a conocer un domingo, sobrio, en calidad de pololo. Con esas ideas creí que iba a pasar a algo serio.

Raúl sólo me pescaba en fiestas y por whatsapp, nunca concretó una cita en persona los dos solitos, salvo juntarse exclusivamente a follar. Jamás podía ir al cine o al teatro cuando lo invitaba, ni a cenar, ni al cumple de mis amigos. Yo lo entendía, no quería nada serio, esto no significaba nada, pero entonces, volvía a decirme que quería pololear conmigo “mas adelante”.  

No sé exactamente qué le encontré -y qué le encontraban las otras mujeres-, físicamente no es la gran cosa, pero su actitud de mierda y voz de borracho a lo Vicentico atrapaba. Luego entendí que su encanto era la manipulación de hacerte creer que eras especial. Si otro me joteaba, él le paraba los carros y los espantaba de mi. Entonces le gusto de verdad, pensaba, pero en realidad era solo una posesión sin sentimiento, un egocentrismo de “si la encontrai rica, quiero que sepas que me la como yo”, como si fuera un cuarto de libra con queso.

Ayyyy maldito Raúl, me gustaste tanto, pero sólo porque no me pescabas lo suficiente, lo mío, sin saberlo, también era ego, pero en su efecto inverso, quería ser distinta a todas tus otras historias, quería ser tu mina más cómplice dentro de todas y no lo logré. La única vez que me pusiste algo amoroso en mi muro de facebook en la época que tirábamos a escondidas del resto – escondidos porque tú no querías perder chances con otras chicas si te veían conmigo- fue un fin de semana que viajé a la playa con otros amigos, y tu egoísmo te hizo “mearme” con un “<3 te quiero, beso, pásalo lindo, bonita mía” minutos antes que partiera.

El tiempo no pasa en vano, te hace mas sabia. Aburrida de las patrañas de Raúl, de hiper-esforzarme por mantenerme siempre latente, de estar pendiente cuando dejó de whatsappearme con tanto ahínco, de sicopatear a las otra mujeres con las que él salía, hice caso omiso a sus joteos y la distancia me hizo encontrarlos hasta chulos, fáciles y burdos.

El sábado pasado, a sabiendas que sé que agarra con una de mis mejores amigas, me joteó en la cocina del carrete:

-Oye tengamos un remember- decía tomandome la cintura.

-Sal de acá loco, ya pasaste de moda –  le dije, sacándomelo de encima.

-Pero si lo nuestro nunca se acabó – insistía.

-Nunca empezó- dije tajante y salí de la cocina.

Su coqueteo forzado pareció una adulación hacia él mismo y su validación de “mino irresistible”. No me cae mal ni mucho menos lo odio, al contrario, pero tenerlo 100% superado y decirle de corazón “mijito vaya a acostarse”, es lo máximo.

La vida son estos pequeños momentos. Jijiji.

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