SAN BORJA

Eran tiempos de descontento social, como todos los años pensarán ustedes, pero en el gobierno de Piñera hubo una época en que la lacrimógena, protestas y los pacos eran el escudo nacional. Mi facultad estaba en toma junto al resto de dependencias de la Universidad de Chile, la USACH, UTEM, una que otra carrera de la PUC, y las universidades estatales de regiones dando la resistencia en los extremos del país.

Entre perros callejeros mojados por la lluvia arrancábamos del carro lanza aguas y nos agolpábamos en la entrada de cualquier tienda para no resultar heridos, luego retomábamos la marcha cantando alguna canción que ni siquiera rimaba y terminábamos en el palacio de La Moneda sin saber mucho qué hacer.

Iba a las marchas con una cámara análoga, en realidad no tenía idea donde exhibir las imágenes que resultaran pero disfrutaba el romanticismo de los cacerolazos, que recordaban las imágenes de archivo de la UP, junto a mi viejita cámara que resistía la obsolescencia tecnológica. Glamour no había en la situación, mi pelo frizado por la humedad y los chubascos, los jeans usados 3 días seguidos, embarrados y mi chaqueta color verde militar tan común me hacían pasar desapercibida, hasta que choqué con Miguel, otro gitano de la situación.

El choque fue brutal, por lograr una buena toma, caminé a lo Michael Jackson pero con pasos de Bambi hacia atrás, me tropecé con 2 señoras y caí sobre un vendedor de soya. Al lado del puesto de las hamburguesas, Miguel se reía de mi. Parecíamos gemelos, él, de pelo largo tomado, unos 20 cms mas alto que yo, flaco, estaba vestido con en mismos tonos y le encontré un rostro familiar, pero nunca pude recordar dónde lo había visto antes.

Esa marcha terminaba en Parque Almagro y fui caminando el resto de ella con Miguel.

Terminada la protesta, decidimos ir juntos a revelar las fotos, llegamos a la Galería Metropolitana y nos dijeron que estarían listas en 2 horas más.

-Puta la hueá, tengo ganas de ver hoy como quedaron pero que paja quedarme haciendo hora en el centro.

-Ah pero flaca, yo vivo en las Torres San Borja, vamos a comer algo y volvemos a buscarlas.

-Buena, yapo, ¿Pasemos al super a comprar fideos y salsa? – Dije para no pecharle comida.

-Creo que tengo arroz de ayer.
-Y con qué puedo aportar?
-Podríamos hacer navegao.
-Me tinca – dije toda mojá disimulando esos flashes eróticos de dos segundos donde estábamos culiando, porque soy de esas personas básicas que solo piensa en tirar cuando conoce a alguien no-feo-y-simpático.

Miguel vivía solo, era estudiante de región, Magallanes para ser exacta, estudiaba teatro y le gustaba sacar fotos. Su depa estaba decorado con el toque justo de ranciedad y manualidad, harto stencil pintado por él, fotografías colgando por doquier, diarios viejos empapelando paredes y como buen muchacho que vive solo, una pila de platos y vasos sucios en la mesa de centro hacían juego con la pila de libros sin guardar que tenía en el otro extremo.

Comimos arroz con huevo y una marraqueta, prendió la estufa eléctrica que estaba escondida entre el colgador lleno de toallas y una planta seca, y comenzó a hacer navegado con vino que pasamos a comprar al lado de mi facultad a una cuadra de su depa. No teníamos canela ni naranja, básicamente era té de vino.

Mirando mi celular, faltaba una hora para que nuestras fotos estuvieran listas. En silencio seguí recorriendo con la vista el living del depa y noté un par de desnudos femeninos que Miguel tenía colgado en un lugar poco visible.

-Una es mi ex polola y la otra es una compañera de universidad – agregó al silencio sapo que yo me estaba pegando.

-Me encantó, ¿Tú las revelaste?

-Sí, osea la segunda sí, el cuarto chico lo convertí en un laboratorio de revelado- dijo mientras con el tenedor acaparaba los últimos granos de arroz.

-Me encantaría que me sacaran fotografías así- dije no más, por si pasaba algo.

-Si te sientes cómoda sácate la ropa y probamos, no pienses mal, estudio teatro, he visto a todas mis compañeras y compañeros desnudos en el camarín, tengo otra cámara- se levantó y fue a una pieza a buscarla. Tuvo que correr ropa con el pie para poder entrar.

Para cuando volvió con la cámara, yo ya estaba sacándome la ropa. Quedé en calzón y me senté sobre un sofá tapado con una sábana que estaba igual de sucia que el resto de su hogar. Tuve que sacar unas colas de cigarro de encima, un tazón con vino seco y un encendedor y me recosté como una pintura renacentista, le dí color.

Miguel dijo que fuera mas natural, que no posara, que me moviera por el espacio como lo estaba haciendo antes, cuando sapeaba todo lo que había colgado.

La estufa eléctrica no calentaba tanto el ambiente como nosotros que cada vez íbamos acercándonos más con la excusa de encontrar la toma perfecta.

Encontraba atractiva la manera en que Miguel se desprendía del pudor y se apropiaba de su cuerpo pasándome la cámara para que yo lo fotografiara a él también. Entonces comencé a soltarme y me senté arriba de la mesa de centro con los platos sucios y libros amontonados, Miguel hace click y dice “ESTA ES, ESTA ES”, aludiendo a lo bacán de la imagen.

Suena su celular, dice que está ocupado, corta, mira la hora y me informa que ya es hora de ir a buscar las fotografías.

Nos vestimos y salimos del departamento.

Bajar del piso 11 al 1 en cámara lenta como buen ascensor de edificio antiguo  marcó una tensión interrumpida por una señora llena de bolsas que se subió en el piso 6 y que necesitó nuestra ayuda para entrar con todas. En silencio, nuestras miradas se evadieron mientras la vieja trataba de meternos conversa con el frío de afuera. Yo asentía y luego  me ponía a mirar el techo, el espejo, señora, bolsas, comisura de labios, techo, bolsas, señora cállese, bolsas, cuello, labios y hasta que nos encontramos mirándonos.

Salimos mirando el suelo y asaltó mi paja mental diciendo:

-Tienes un lindo cuerpo.

-Ah eeeh ah, si, este… ya.. jaja…

Las fotografías de ambos salieron bacanes. Salimos de la tienda y me pregunta si quiero seguir tomando navegado o me voy a casa.

-Navegao’.

Volvimos al ascensor y comenzamos a agarrar antes de que se cerraran las puertas. Pincharme con su barba me calentaba más. Cuando abrió en el piso 11, marqué el 21 para seguir agarrando ahí y del 21 bajamos al 5, del 5 pasamos al 17 y del 17 bajamos por fin al 11.

Eran recién las 6 de la tarde pero yo sentía la euforia de volver ebria y caliente de un carrete a las 4 am con un mino que conociste bailando.

Abrió la puerta de su depa, la cerró fuerte y yo sentía que con eso me abría a mi y empezamos, sin dejar de besarnos, a sacarnos la ropa.

-Espera voy a buscar condón – dijo.

-Y aprovecha de prender la estufa- agregue.

Nos tiramos en la alfombra marcada con medallones de otros carretes, quizás de otros navegados con otras minas como yo. Pusimos las chaquetas sobre nosotros y tiramos desesperados sintiendo que el mundo no nos pertenecía y hacer esto era el único sentido que podíamos tener una tarde ordinaria de dos hueones invisibles marchando contra un sistema que no nos pescaba, pero nosotros sí nos pescabamos y me pescaba del pelo y le pescaba la espalda desconocida. Y en realidad acabó, en realidad yo acabé, y volví a acabar, y acabamos y todo se acaba porque se hizo tarde y Miguel se agitaba y tocaba y se movía y mordía de vez en cuando. A veces me distraía viendo los títulos de su pila de libros, porque todo era estimulante, hasta los granos de arroz en la alfombra, pero luego volvía, le tiraba el pelo y le decía que lo metiera más fuerte, más fuerte, un poco más, porque él no tiene idea de que necesito emociones intensas.

Comenzaban a asomar las luces caseras de una ciudad depresiva. Nos quedamos desnudos tomando navegado frente a la estufa eléctrica hasta que vi por el ventanal la hora en la torre Entel:

– Son las 22.30, voy a irme antes que cierre el metro – dije parandome y buscando mi ropa.

-Quédate acá si quieres

-No, gracias.

Me vestí, me dejó en la puerta y salí.

No quisimos intercambiar contacto alguno. El departamento se veía mucho más asqueroso después de tirar. Y por qué chucha hace tantos días que no lavará la loza. Y por qué el metro cierra tan temprano, ojalá tenga el pase escolar cargado.

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