COMO EL FERNET

Comenzó cerrando la puerta del ascensor para que yo no alcanzara a subir, siguió en la oficina poniendo el ventilador al lado mío sabiendo que estaba cagada de frío, continuó invitando a todos a almorzar en el trabajo menos a mi y finalizó poniéndome un sobrenombre que me avergonzaba mucho.

Así comenzó mi relación laboral con Ignacio, un compañero que hace poco tuve.

Él, prevencionista de riesgos, tuvo desde el primer día cierto rechazo conmigo, pues cuando ingresé a esa empresa y me dijo su profesión, lo comparé con Ben Stiller en Mi Novia Polly. Le caí mal y trataba de recordármelo cada 4 minutos, oh el huevón antipático, se pasó. Si no fuera por las lucas del trabajo renunciaba de inmediato no sin antes mear su puesto y tirarle leche de una teta como las gitanas de Santa Lucía.

Dos semanas más tarde nos tocó ir juntos a supervisar un montaje a las afueras de Santiago. Cuando le avisaron que debía viajar conmigo preguntó “¿Y no hay otra diseñadora disponible?”, delante mío el chuchesumadre.

Él manejaba, yo ponía música y revisaba el GPS para asegurarnos que fuéramos por la ruta correcta. Le cargaban todas las canciones que colocaba, hasta que tuve un acierto, un tema olvidado de Journey, y ahí, Ignacio se puso amable. El tema le recordaba fechas, lugares, momentos. Mirando fijo el volante, con el sol en la cara, me contó que su padre era fanático de esa banda, y que había muerto en una empresa minera al dar un paso en falso en un andamio, razón por la cual quiso ser prevencionista de riesgos, pues no quería que otra persona sufriera la pérdida de un ser querido. Entonces entendí porqué se había enojado tanto con mi broma al comienzo. Ya no me parecía un tipo agresivo, sino todo lo contrario, alguien que vivía un duelo, pues lo de su padre fue un accidente tan evitable que cerrar el proceso le estaba costando.

Terminamos la jornada laboral y fuimos a un bar en un pueblito al sur de Rancagua. Él pidió bebida, porque estaba manejando, y una chorrillana; yo, al saberme fuera del horario de trabajo, pedí una promo de dos piscolas y unas papas fritas.

-Eres como el vino – me dijo mirando seriamente una servilleta de esas delgaditas mientras la doblaba como armando un barco de papel.

-¿Por lo rica? jajaja – respondí con la boca llena de comida.

-No, porque mareas a la gente- dijo mientras seguía doblando servilletas.

-Jajaja esta bueno ese chiste, y voh erís como el fernet… – dije

-Por lo amargo – respondimos al mismo tiempo.

A mi segunda piscola, que tomé casi al seco porque Ignacio miraba su reloj a cada rato, le contaba que nunca se ha muerto un familiar mío cercano, que mi dolor mas grande en ese sentido fue la pérdida de un quiltro a los 9 años y que creo que terminar un pololeo estando enamorada debe ser una sensación muy cercana al tipo de duelo que él vive. Ahí dejó de mirar por primera vez las servilletas y me miró a los ojos.

Nos devolvimos contando chistes y escuchando música ochentera.

Desde el día siguiente, en el trabajo todo fue color rosas, empezamos a almorzar juntos, dejó de molestarme y para mi sorpresa, me invitó un pito a la salida. No debí decirle que sí, fumo María Juana sola o con amigos piolas, porque quedo ahueoná, pero no quería cortar el buenaondismo incipiente con Ignacio.

Caminamos hacia a su auto, me fumé medio pito, lo cual para mi era bastante, nos despedimos y fui caminando desde Pedro de Valdivia hasta metro Universidad Católica mareadisima, en línea recta y escuchando la misma canción de Blondie todo el camino. Sentía que todos me miraban y en un momento olvidé como caminar bien. Tuve que sentarme en una banca a esperar que se me pasara algo del efecto pero justo Ignacio me manda un whatsapp. Le cuento en la que estoy, la gente daba vueltas, los adoquines parecían obstáculos peligrosos y me di cuenta también que vivo para el lado contrario hacia el que llevaba ya unas 5 estaciones de metro caminando. No recuerdo el momento en el que le di mis coordenadas pero llegó a buscarme en el nachomóvil y me llevó a bajonear. Mis ojos achinados por el pito hacían juego con las de la japonesa que nos atendió y ofreció sushis. Me comí como 20 rolls, se me pasó la voladera y empecé a pedir pisco sour. A esas alturas ya era amiga del nacho, se reía de todo lo que hacía, incluso cuando me dio la pálida y me quedé respirando profundo mirando un punto fijo para no vomitar. Fue a dejarme a casa tipo 11 pm y nos whatsapeamos hasta las 2 de la madrugada.

Nacho no era de muchos amigos, su tono reservado es algo que me empezó a atraer, tenía ese halo de misterio, hablaba poco pero decía las palabras precisas. El otrora huevón pesado, ahora era mi único amigo en el trabajo. Guapo no era, pero tenía un tatuaje gigante que se le asomaba por el cuello de la camisa, que se había hecho luego de la muerte de su padre, y le daba un estilo especial. Escuchaba una música de mierda, pero leía harto, era hijo único, su mamá vivía fuera de Chile, su familia fuera de Santiago, así que en su soledad se dedicaba a escribir y a replicar arquitectura gótica en miniatura. ¿Cómo supe eso?, porque el lunes siguiente a mi episodio volado me invitó a tomar vino a su depa. Nunca me joteó previo a eso, creí que era asexuado, gay, estaba muerto hace 17 años o simplemente no le interesaba en ese aspecto. Pero a mi ya me había gustado y no sabía cómo atinar, si esperar otro día hasta cachar sus intenciones o esa misma noche darlo todo y si no resultaba, hacerme la huevona y decirle “ayy si no traté de darte un beso, sólo quería limpiarte los dientes con la lengua, rolludo”.

Lo acompañé a la cocina para ayudarlo con la cena, piqué algunas verduras y tuve que buscar un plato especial para poner unos panecillos que preparó. En eso abro una repisa y aparece una… NUTELLA. Saqué una cuchara, la unté y me comí una porción en cámara lenta. Jamás imaginé que ese recurso fácil iba a resultar, como mucho esperaba que le picara el bichito en su inconsciente nada más, pero Ignacio tomó la cuchara e hizo lo mismo, mirándome a los ojos. Sin dejar de mirarlo, puse el dedo índice en el frasco, saqué un poco del manjar y se lo puse en la punta de la nariz.

-Tienes que sacármela tu – dijo serio, con el mismo tono que me había hablado la vez que viajamos juntos por trabajo.

-Cierra los ojos – dije ovulando.

Comencé a lamerle la nariz hasta que nos besamos.

Las verduras al wok se recocieron, así que cenamos papas cocidas con cebolla porque estuvimos haciendo las cochinadas con nutella en la cocina y luego nos dio lata terminar la preparación.

¿Estuvo rico? Sí. Al día siguiente llegamos a la pega con la tremenda sonrisa pero desde el miércoles de esa semana empezó a evitarme.

Un par de semanas después dejé ese trabajo por problemas con el horario y porque no me pagaban las horas extras. Como Ignacio es antisocial, no tiene ninguna red social, salvo whatsapp. Sólo una vez volví a escribirle:

-Hola- le puse.

-Hola, Soltera, no estoy acostumbrado a desenvolverme con mujeres- respondió de una.

-¿Eres gay?- pregunté a los 15 minutos de recibido su mensaje y tiré el celular a la cama, como no queriendo leer su respuesta.

-No, sólo no me gusta estar con gente, soy raro, alejate si quieres – escribió de inmediato.

-Ok, que te vaya bien – respondí con alivio.

No he vuelto a saber de él, pero siento una atracción enorme por conocer más ese mundo atormentado y oscuro que tiene, mi pasado dark me condena.

¿Moraleja? lleven siempre una nutella en la cartera.

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