MALVADA

Cuando la gente dice “los hombres son maricones con las minas”, “oooh el hueón de mierda, no me llamó más”, “todos los hombres son iguales”, me parece una mentira del porte de un buque, porque sufrir por amor no es un tema de género, sino de personas, es decir, todos hemos llorado pero también todos le hemos roto el corazoncito a alguien que simplemente no nos gustó. De repente, puede ser, que quizás, en uuuuuuna de esas… las cosas pencas que te pasan, tu mala racha, sea porque así el universo equilibra lo que tu has hecho a otros.

Dicho esto, les contaré la historia con Javier, una anti-historia de amor.

Llegué a una oficina a realizar un reemplazo de un mes. En esa época tenía una relación abierta con un chico de región, pues por la distancia se hacía un tanto utópico asumir fidelidad permanente de parte de ambos.

En mi primer día de trabajo justo celebraban un cumpleaños al desayuno, estuvimos en el patio comiendo torta y el resto del equipo aprovechó la distensión para acercarse a preguntarme cosas. Uno de ellos me llamó la atención, ya lo había observado cuando llegó atrasado en bicicleta, pero cuando escuché su voz ronca dije TÁ.

Se presentó como Javier, me dijo que aparte tocaba en una banda, vivía en Ñuñoa y estaba pololeando. Cuando mencionó a la polola  (novia, en jerga chilena) se me bajaron las revoluciones pero sus constantes cruces de miradas en la oficina me hicieron sentir que estaba coqueteando.

Desde el tercer día de trabajo él se cambió de puesto al lado mío, almorzabamos juntos en un parque cerca del edificio y me iba a dejar en cleta al metro. Escuchábamos la misma música, las mismas películas, y otros hobbies muy compatibles. A mi me pareció natural porque teníamos una profesión parecida y eso en parte justificaba los gustos similares, pero a él le pareció que éramos almas gemelas.

Javier es guapísimo, y por supuesto, a mi me atraía mucho. Llegó un punto en el que sentarme a su lado era incómodo porque estaba todo el día de trabajo pensando que quería tirar con él. Mis feromonas estaban a mil, saltaban como si fueran un Poett Fragancias del Bosque, en las tardes por gtalk le contaba a mis amigas que estaba fantaseando toda la jornada y me aconsejaban que fuera al baño a lavarme la cara. A veces iba hacia la cocina a servirme un té y él me seguía con una actitud desinteresada, pasaba detrás mio, me tomaba los hombros y yo imaginaba que me agarraría y empezaríamos a follar ahí mismo.
Estaba MAL, no soy una persona ninfomana, pero las dos primeras semanas en esa oficina fueron un desafío al control de mis impulsos. Yo creo que era una reacción hormonal, quizás éramos demasiado químicamente compatibles, no sé, es un “salvajismo” que no me ha vuelto a pasar así de heavy. Como Javier tenía pareja, nunca hice nada, aunque a cada hora nos sentíamos más compinches, pues él comenzaba a contarme sus asuntos personales hasta que un día luego del trabajo me invita a tomar a un bar cerca de la pega y ocurre un punto en el que creo que se enamoró. Me contó cosas familiares, rollos de la vida, inseguridades, problemas con su polola, y yo lo aconsejaba, daba ánimo y distraía. No olvidaré jamás la cara con la que se despidió al dejarme en la micro, esos ojitos brillosos sólo los he visto en capítulos de My Little Pony. Sí, estoy segura que en ese momento se encanchó. Por mi parte, como me gustaba mi pinche de región, veía a Javier como un tiramigo nada más.

El tercer lunes en mi trabajo esporádico le pregunté cómo estuvo su fin de semana y me cuenta que terminó con la polola y que se siente bien. Ese día durante la pega quedamos en pasar a tomar algo para que me contara su rollo pero como la soltera índigo que soy, sospeché que era el momento donde por fin agarraríamos.
Los bares a los que pasamos estaban repletos o con un ruido ambiente muy fuerte como para conversar, así que Javier resolvió que fueramos a una botillería y buscaramos un lugar secreto para beber.
Encontramos unos arbustos en el antejardin de un edificio en Manquehue, pusimos unos polerones en el suelo e hicimos un picnic nocturno ahí. Nadie nos veía porque estábamos a oscuras, era el triángulo de la vida.
Servimos roncola en vasitos plásticos, abrimos unas papas y unos manís, hicimos “salud”, Javier se arrinconó a mi lado y finalmente dice que no sabe como explicarlo pero se siente enamorado… de mi. Por otro lado, yo estaba on fire, así que no respondí nada y empezamos a agarrar. Hacía frio, empezó a caer neblina en pleno acto, en cualquier momento aparecía Carlos Pinto para entregarnos un condón, pero seguíamos a pesar de todo. Tenía pasto metido en todos lados, probablemente me haya embarazado de un trébol de cuatro hojas, pero estaba demasiado prendida como para preocuparme de las incomodidades.
No quería nanais, no quería pololo, no quería amor, quería carnalidad, suciedad, tenía como una gula sexual que me impedía notar que Javier me abrazaba y decía que mejor fueramos a su casa así podríamos quedarnos viendo pelis.
Nos limpiamos con unas servilletas del Doggis que él tenía en su bolsillo.

Terminado el asunto, no quise irme a su casa, sino marchar sola a la mia y contarle a mis amigas esta aventura.
Desde el día siguiente en la pega fue todo entretenidisimo. Nos ofrecíamos para hacerle el té a toda la oficina y gracias a ello agarrábamos en la cocina, en la hora de almuerzo hacíamos picnic en una plaza y a la salida éramos los últimos en partir y follábamos en el baño. Otras veces me tocaba la pierna debajo de la mesa, me mandaba mensajes sucios por gtalk mientras mi jefa nos hablaba y así manteníamos una tensión sexual toda la jornada.

Una noche fuimos a carretear juntos al cumple de un amigo de mi hermano. Error. Conoció a mi hermano, un par de primos, y amigos míos y luego de eso se quedó a alojar en mi casa. Al día siguiente, hizo desayuno mientras yo dormía y me invitó al cine. Me parecía que creía que nuestro affaire avanzaba hacia algo mas formal o al menos amoroso pero yo no quería nada.

Fuimos al cine y al salir de mi casa, me toma la mano. Se la solté y me rasqué con ella para hacer como que la usaba. Luego, en el mismo cine supe que no debí haber ido, nos encontramos con dos amigas de él, me presentó y me tomó la mano nuevamente, ellas entendieron que estábamos andando y yo odié sentirme “meada”.

Llegó la última semana de mi reemplazo en la oficina y ya no era lo mismo. No respondí a sus juegos, me incomodaba sentir que él quería algo más, y sobretodo que haya terminado con la polola apostando a que esto iba a convertirse en una relación.

Terminé el trabajo y no lo llamé más, le respondía monosílabos por chat cada vez que me hablaba y siempre que me invitaba a salir le decía que no podía, hasta que un día me lo topé en un carrete, él estaba solo y yo con mi pinche regional. Me miró y se fue.
Me sentí mal, lo llamé días mas tarde pero nunca contestó hasta que llegó navidad.

Recibí un e-mail que decía: “Le he dado vueltas al asunto y resolví que te odio, feliz nochebuena”.

Este año me lo topé en Bellavista y me dejó con el saludo colgando.

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