LA CITA CON “HIJO DE TIGRE” … (primera parte)

Ahora que soy una nueva cesante para la encuesta ADIMARK – por segunda vez en el año, y estamos en mayo recién – el día viernes me levanté a las 9 am, partí una palta y me la comí con una cuchara porque no había pan, calenté agua, saqué un tazón medio trizado, le puse una bolsa de Té Club de la noche anterior y volví a meterme a la cama a hacer zapping por los matinales de TV. Quería saber qué diría Pedro Engel sobre la cita de hoy.

Hice el aseo, cociné garbanzos, y mientras estaban en la olla me metí a Pinterest a sacar ideas para la ropa de la tarde-noche.

No chatié con Hijo de Tigre durante el día, salvo 5 minutos antes de partir para avisar que iba saliendo.

En la micro maté el tiempo imaginando como sería el famoso bloguero mientras repasaba un disco de David Bowie. Le di el puesto a una embarazada y pensé “ohh, ¿Te imaginai quedara fecundada del Mati Hueón hoy?”.

El día anterior le conté a un par de amigas sobre este encuentro y me dijeron que si no me gustaba se las presentara a ellas, así que al menos al Mati, mal MAL no le iba a ir de ninguna manera.

Me lo imaginaba de mediana estatura, pelo oscuro, trigueño, una polera de Ases Falsos comprada en el Eurocentro, sin un estilo particular para vestirse. A simple vista, un simple mortal, pero eso daba un poco lo mismo, a mí me gustaba por su letra.

Llegué al Telepizza de Baquedano y el Mati no estaba. Busqué WiFi para revisar su fanpage y saber si acaso había tenido un percance y caché que publicó sobre su polémica con su tío Pato.

El Mati por otro lado sabía cómo soy, puesto que ayer le mandé una “serviu” para que me reconociera. Haberle mostrado las bubbies fue totalmente innecesario para el caso, pero (¡ Mi frase favorita!) … Ya saben cómo me pongo.

Fui vestida con un abrigo café claro, un jumper blanco con rayas negras, pantys color burdeo y botines café. De accesorio, un sombrero negro grande y una cartera pequeña de tono pastel. Según yo, me veía minísima, estilosa-Londres-TelepizzaFashionWeek… según Hijo de Tigre – que me confesó en el bar- al verme, me parecía a Florcita Motuda.

Apenas llegó el Mati supe al tiro que era él, porque vi a un hombre bordeando los 30 años, mirando para todos lados, secándose la boca con las manos, y luego las manos con el jeans, como si las tuviera sudadas. Traía puesta una polera Zico y sus brazos lucían algunos tatuajes. Probablemente tendría sus chakras desalineados hoy, tal como su ropa. Yo no estaba nerviosa, sino ansiosa, ¿Nos caeríamos bien? ¿Nos caeríamos al litro? ¿ Qué irá a pensar de mi?

Me saludó con un beso torpe, entre la oreja y el ojo.

-¿Vamos?- Le dije.

– Vamos-  repitió mirando el suelo.

Cruzamos el puente Pío Nono y buscamos un lugar agradable. Mientras caminábamos entre bares, me contó en lo que trabajaba, yo le conté sobre la marcha del jueves y también de lo buena que soy para cocinar garbanzos.

Su celular sonaba a cada rato, tenía audios por whatsapp que escuchaba cuando me adelantaba para esquivar la ola de gente que venía en el sentido contrario. Supuse que era su viejo porque decía a cada rato “ya poo hueón, si te avisé que tenía que salir, arréglatelas solito”.

Nos sentamos. El garzón nos dio sólo una carta para leer los copetes así que tuvimos que acercarnos y nuestras mejillas se rozaron. Mientras él revisaba con su dedo índice los precios yo lo miraba a él. Sé que se daba cuenta de ello porque, cada vez que hacía eso, Mati movía su pie rápidamente como si estuviera nervioso. Comencé pidiendo un tequila sunrise aprovechando el happy hour, y él pidió una cerveza. Volví a mi puesto, estábamos frente a frente y quedamos un par de segundos en silencio. No era un silencio incómodo, era un silencio que decía “hasta que nos juntamos po’ cabrito”.

-Me encanta como escribes- comencé rompiendo el hielo del bar.

-A mí me encantan las cochinadas que relatas… salvo aquella vez que escribiste que no llegaste en muchos días a tu casa y te ponías protectores diarios ante la imposibilidad de cambiarte de calzones, claro. – Respondió, a modo de piropo.

 

De ahí todo fue camino hacia la complicidad. Matías – me pidió que al menos esa noche, no le dijera Mati Hueón, y menos delante del garzón –  me contaba las historias de su viejo, y yo me meaba de la risa. Literal. Me meé de verdad y tuvimos que secar con el mantel. Naaaah. Oh que ranciedad las cosas que me contó, estaba muy entretenida. Luego llegó mi turno y comencé a contarle mis historias, pero las mías eran cachondas, sucias,  horny, eran… calentonas. Y seguimos tomando. En un punto ya no habían miradas esquivas nerviosas, cada historia parecía un palo para el Mati, una indirecta que gritaba “hazme las mismas cosas que te acabo de contar”. Hablaba mirándolo a los ojos fijamente, notaba que su pie abajo seguía moviéndose, no sé si estaba ansioso o de frentón su pata desarrolló epilepsia porque puta que se movía rápido y chocaba con la mesa.

Tomamos tres copetes en ese local, Mati iba a pedir el cuarto, pero le dije que porqué mejor no íbamos a otro lado, para cambiar de ambiente.

-Espérame, tengo que ir al baño – respondió.

Se demoró. Puta Matías que tardaste, me tomé tu concho – que en realidad era la mitad del vaso- y luego para rematarla vi tu publicación del “supercondón” de Té Lipton. Aunque dentro de mi precuradera, me dió  ataque de risa.

El Mati volvió a su puesto sonrojado, asumiendo que ya estaba enterada, al igual que ustedes, de la chanchada que le hizo su viejo y le di una palmadita en la espalda, diciéndole tiernamente “puta Mati hueón”.

Salimos. Caminamos dos cuadras con dirección a ningún lugar hasta que Hijo de Tigre propuso que fuéramos a un karaoke. Me cargan esas huevadas, pero estábamos medios ebrios así que entramos a uno, cantamos un tema de Maná, perdimos 7 grados de estilo con esa canción  y nos marchamos. Afuera de la Universidad San Sebastián, en la esquina de calle Dardignac, había un grupo de colombianos tocando una mini batucada,  nos quedamos ahí un momento bailando en la calle, tomando vino de la caja que nos convidaban – vaya a saber uno qué diablos nos pegamos por tomar de esa “anarko caja comunitaria marxista leninista” – y conociendo a los chicos. Tipo 4 am nos invitan a un after, “es por acá cerquita”, nos dijeron en coro. Los seguimos, nos metimos en unas callecillas por la parte de Recoleta, cada vez se veía más turbio, no sabía si estaba en Santiago o en un capítulo de Breaking Bad. Con Hijo de Tigre nos miramos mientras caminábamos pensando “y yo… ¿Qué hago aquí?”.

Pasamos la reja de un cité y entramos en una de sus casas. Bajamos por una estrecha escalera de madera y apareció un clandestino en el sótano. Mucho jale, prostitutas – reales, no como yo- y música latina de la onda de Juanes, Bacilos y Juan Luis Guerra. Me encantó la ranciedad, miré a Matías y ya estaba haciendo pasitos cortitos, poseído por el poder de Centroamérica. Éramos los únicos chilenos, el resto eran todos inmigrantes latinos muy alegres que nos atendieron como reyes, nos regalaron copete y ofrecieron saques, los cuales rechazamos instantáneamente, aunque confieso una mini intención de haber probado la coca por primera y única vez en la vida, para sentirme como Maradona o Marlen Olivarí. Se acercó uno ecuatoriano que tocaba charango, y nos preguntó de dónde veníamos y si acaso éramos novios. Le contamos rápidamente del fanpage, el perfil de él, el mío y le mostramos la bolsa de té Lipton. El tipo le contó a todo el mundo la historia del té y Mati se coronaba como el hombre de la noche, todos se acercaban para confirmar la veracidad de la historia y la chanchada que le había hecho su padre.

Yo miraba, me reía y pedía otra piscola.

Bailamos cumbia, hicimos el trencito, el túnel, la silla musical y bailamos La Macarena.

En un momento el Mati quiso ir a orinar, yo también, llevábamos horas tomando sin evacuar algo de copete así que preguntamos donde estaba el baño y fuimos juntos.

Subimos por la escalera de dudosa firmeza, yo iba primero, como estaba media ebria y la escalera era más vieja que el Pollo Fuentes, me tropecé con una tabla suelta, caí hacia atrás y el Hijo e’ Tigre, dos escalones más abajo, me atrapó, pusos sus brazos delante mío, desde el costado hasta debajo de mis pechos. Lo miré, dije gracias y subí corriendo los peldaños. Ahí me picó el bichito – o el anfibio mejor dicho-. Quién lo diría, el terminal pesquero tiene mas glamour que ese clandestino, pero hasta en el lugar más rancio se pueden liberar feromonas.

Había fila para entrar al único baño – mixto – de la casa/clandestino.

Al lado del baño, había una pieza abierta, roñosa, con instrumentos musicales y un sofácama de esos de espuma noventeros. Entré para esperar ahí y llegó Matías a sentarse conmigo.

Estaba oscura la pieza, sólo entraba la tenue luz del pasillo. Nos pusimos a mirar cómo avanzaba cada 5 minutos la fila para usar el water.

-Oye, Soltera – Dijo Hijo de Tigre y me besó.

 

Abrí al máximo los ojos mientras se lo respondía. Mis ganas de tirar se confrontaban con las ganas de mear que no desaparecían, en cambio, el excitado Mati parecía desinteresado en el caso pichiliks así que supuse que su pipí retrocedió y se desintegro, cual efecto Benjamin Button.

Desde la fila del baño nadie nos miraba. Seguimos besándonos otros segundos más, al mismo tiempo me parecía escuchar que afuera la gente comenzaba una pelea pero con el Mati no pescamos. Me gustaba, los besos del Hijo de Tigre no eran grandes así tipo violación bucal, sino que eran pequeños y tiernos, tiene la lengua suave, no me vayan a malinterpretar, pero una vez besé a una mujer y sentí una sensación similar. Seguimos agarrando, bajó su mano a la cintura, seguimos agarrando, puso su otra mano en mi muslo, seguimos agarrando, le toqué el paquete, seguimos agarrando, me bajó el cierre, seguimos agarrando, las respiraciones más agitadas, seguimos agarrando, la pelea afuera aumentaba, seguimos agarrando, Mati se baja el pantalón, seguimos agarrando, y yo me bajo la panty…

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